@anthonyscribbles

Mi hijo murió congelado. Nuestra cueva no alcanzó a salvarle de las fauces gélidas del invierno. Conocí al fuego, aún en ese tiempo, pero la nieve era demasiado, la leña muy húmeda. Nunca olvidé de mi impotencia. Intené con piedras, con palos, con aliento. Pero la fogata no se prendió. A mi pareja tampoco se la olvidó. Muchas temporadas había visto nuestro hijo, pero siempre era su chiquitín. Ella no me podía perdonar, por no salvarle la vida. Ahora la cueva pertenece sólo a mí. Pinto sus pareded con mis recuerdos.
En la piedra fría de mi hogar, me persiguen. Hasta el mamut, orgullo cazado de mi juventud, cierne como recordatorio de mi fuerza perdida a la vejez. Antes, los cacé, pero ahora no. Hoy, me toca pintar un recuerdo nuevo: otro mamut. Lo pintaré grande, y robusto. Él hubiera sido fuerte, creo.
Lo conocí entre arboles altos más allá de la montaña. El bosque es un lugar malo para los mamuts, pero hasta allí había vagado. Aúun redrojo que era, sus piernas eran tan altas que yo, y tan gruesas que los arboles que nosrodeaban. Sus grandes colmillos congelados se curvaron hacia el cielo; su pelaje negro y enmaraãdo era como una sombra sobre la nieve. Me di vuelta para ir, pero sus ojos me detuvieron. Eran del mismo color café que los de mi hijo. Nos miramos uno al otro.
Un paso cuidadoso para adelante no le asustó a la bestia. Tampoco una mano extendida, ofreciendo una baya. Por toda su enormidad, éste era una mamut joven, y uno pequeño. Abandonado por su manada, suponía. Le di otra baya, y otra, hasta que todos que había recolectada para el alimento del día se habían agotado. Necesitábamos más, y yo sabía dónde encontrarlos. Pero el mamut no se movería. Quería que se viniera conmigo, pero ignoró mi engatusamiento. Así que me fui sin él.
Volví a su lugar en el bosque cuando oí los cazadores. Por eso corrí. Sabía que valorarían su pelaje de sombra, el color que compartía con mi hijo. El animal era fácil de ver, y nunca alcanzaría a huir de ellos entre los arboles. No, los cazadores lo atraparían; los cazadores lo matarían. Perforarían su carne con lanzas y lo cegarían con fuego. Aullarían y aplaudirían cuando vino estrellarse ante ellos.
No me quedaba mucho tiempo. Agité mis brazos y apunté hacia el sonido de sus voces. Pero el mamut nose movería. Cuando coloqué una línes de bayas en la nieve, comió solo los que podía alcanzar. Los cazadores estaban corriendo; pude oír sus pasos. Traté de asustar al animal: con mis gritos, con mis brazos. Pero el mamut no se movería. Los jadeos cansados de los cazadores casi llegaban donde nosotros. Tiré su pelaje y le di patadas en los colmillos. Golpeé su trompa y le eché nieve en los ojos. Pero el mamut no se movería.
Los cazadores pronto lo verían. Dos palos, colgando bajos, se veían apenas secos para mantener una llama. Arrancándolos del árbol, empecé a prender un fuego. En que trabajé, los cazadores se acercaron. Solo me quedaban unos momentos. El aire escarchado me atravesó los pulmones y me entumeció los dedos. Me robó el aliento, y jadeaba cuando los palos al fin empezaron a hacer humo. Con un suspiro, le di vida al fuego, y la antorcha estaba prendida. Lo blandí contra el mamut, ordenando que corriera.
Pero el mamut no se movería.
Los cazadores brincaron los arbustos. Pensaron que yo también cazaba. La primera lanza perforó su hombro. Pego un rugido temeroso, pero no se movería. El segundo penetró su caja torácica. Sangre manchó el pelaje de sombra de la criatura, y la nieve blanca se colorió de rojo a sus pies. Pero el dolor no era suficiente; ni mi llama ante él podría hacer huir al mamut.
Desesperación animó mis manos antes de que mi mente se dio cuenta. De árbol a árbol corr´ˆ, hasta que estábamos rodeados por un círculo de fuego que se abrió sólo detrás del animal. Las troncas crujieron y estallaron como huesos al romperse, y los cazadores me gritaron en una rabia desconcertada. El dosel del bosque llovió ascuas en que el incendio creció; todos menos el animal se taparon los ojos y bocas. Yo le empuje su trasero, para que se diera ly vuelta y huirse, pero el mamut no se movería.
Le cayó encima un palo ardieno, y miré con horro a las llamas empezando a sembrarse en sus cabellos queridos. Era mut alto para que yo alcanzara a apagar el fuego que lentamente estaba envolviéndole la espalda. Pedí ayuda—¡quería que viviera! Los cazadores se habían idos. Allí estábamos: dos exiliados en una tumba ardiendo. Busqué sus ojos, y el mamut me miró con miedo y dolor nublando su visión.
La tercera lanza voló a través del muro de llamas, y se enterró en su pierna. Grité el nombre de mi hijo, pero el pobre se cayó al suelo. Me subí para extinguir sus cabellos, pero la piel ya estaba quemada, y el mamut yacía moribundo.
En sus últimos momentos, lo sobó su cabeza y susurré cualquier alivio frío que pude. Los cazadores no volvieron por su premio. Quizás mataron por compasión. Quizás apuntaban hacia mí.
El incendio se extinguió solo, y sus cenizas humeantes me proporcionaron las herramientas para contar el cuento de mi mamut. Lo pintaré grande, y robusto. Él hubiera sido fuerte, creo, si hubiera vivido a ver solo unas temporadas más.