@anthonyscribbles

El pueblo de mi nacimiento sigue igual de pequeño como cuando me fui. Eso fue hace veinte años, y los cuentos de “brujos” en Alazco permanecen en los labios del país.
De niña, creía en ellos, más que nada por mi vecino, Don Leo. Todos temblábamos de su mirada; siempre podíamos sentir su resentimiento y miseria cuando pasamos por su casa. Una vez que mi papá no estaba, Don Leo tocó nuestra puerta; pensé que llegó a comernos. No ayudó que mi mamá negó abrirle la puerta, y dijo a Maya y yo que nos callamos.
Escucho movimiento en los árboles. Volteo para verlo, pero la noche es amiga de lo que anda ahí. Agarro con fuerza al corvo, hasta que los dedos me duelen. Soy capaz de defenderme.
Cuando llegamos del aeropuerto, el reencuentro con mi familia fue entre lágrimas y abrazos—especialmente cuando mi hermana también apareció con sus maletas. Mis papas nos contaron de todos los cambios y el chisme: familias enteras que también emigraron, compañeros en que no habíamos pensado desde niñas, gente que todavía vivían aquí, y otros que se fallecieron, que jamás podríamos volver a ver.
Una sombra salta de un árbol a otro; lo sigo con mis ojos. Lanza algo, pero me tiro a un lado para evitarlo. Me quiere matar a mameyazos. La figura me rodea, saltando árboles como un mono, pero sé mejor que salir corriendo. Empiezo a gritarle que se baja y me enfrenta como hombre. Aúlla y me lanza otro mamey.
Senté a mis papas en el comedor con mi hermana a mi lado. Llegó la hora de decirles que conocí a alguien en Arizona: mi prometido. Maya ya sabe, pero todavía no he tenido el coraje de decírselo a ellos. Mami sigue pensando en nosotros como sus niñitas chiquititas, y le da pena no poder estar para cuidarnos.
Por eso, no la había contado mucho de la mal en mi vida: mi primer novio—que me abusó—o el vecino malcriado que llega cada noche re bolo. Ni la había contado de lo bueno: mi vigésimo primer cumpleaños, cuando salí con mis amigas y conocí por primera vez a mi prometido, o de la multa que me querían poner, pero que logré apelar.
Pero a mi hermana, sí.
Con un choque, la sombra salta al techo metálico de una casa. El ruido me asusta, pero me hago la valiente. Por primera vez, la figura se revela, cubierto por pelaje negro y grueso. Empieza a llover, y el animal gatea hasta la orilla del techo.
Entre gordas gotas de lluvia y la luz azul y temporal de un relámpago, veo la cara de un mico que me observa con odio y una mirada taladrante.
Mami se alegró de las noticias, y Papá también. Abrazos y lágrimas de felicidad acompañaron miles preguntas sobre él: de cómo nos conocimos, en que trabaja, y si vivimos juntos.
Cuando los enseñé fotos, Mami me preguntó si me acordaba de Manny Cruz. Le dije que sí, pero no entendía porque lo estaba mencionando.
El Mico me persigue hacía el centro de Alazco; corro por calles vacías y quietas. Escucho los truenos de sus pies en los techos, los mameyazos que siguen cayendo a mi alrededor. Los chillidos del animal se alejan en que huyo con todo mi esfuerzo, pero sé que me sigue. Con cada paso, mi respiración se debilita, hasta que llego a la selva que rodea el pueblo.
Otro mameyazo, y por un momento, veo un mano peludo en la copa del árbol. Ahí, veo dos ojos con la luz de la luna luciendo en ellos, todavía mirándome.
Manny Cruz era un chico a quien gustaba. Nomás una vez me lo dijo, pero siempre fue tan obvio que toda la escuela—todo el pueblo—lo sabía. Fue la única vez que le permití acompañarme a casa. Me llevó por “la ruta escénica,” que pasaba detrás de la iglesia, donde enterraban a la gente, y por la quebrada que está al otro lado de mi casa. No puedo fingir que no era galán, pero por alguna razón, me puse incomoda a su lado.
Antes de llegar a mi casa, Manny me paró y pregunto si me iba ir. Me hice el maje, porque no sabía cómo se había enterado de que mis papas estaban planeando mandarme con Maya a los Estados Unidos. Por no saber que decir, le dije que sí. Se puso bien serio, y me agarró la mano. Me lo pidió. Ahí, solitos los dos en la selva, Manny Cruz me pidió que me casara con él. Arrancó mi mano del suyo, y salí corriendo, gritándole que no.
Esa fue la última vez que vi a Manny Cruz.
Se baja del árbol. Llegamos al otro lado de una quebradita, transformada en rio bravo por el agua del cielo. El Mico tiene un mamey en su pata. Yo tengo un corvo, curada con agua vendita, ajo, ruda, y un pañuelo en el mío. En algún lugar, un rayo se cae, pero no nos mosqueamos.
La bestia me tira el último mameyazo, pero apunta mal, y lo agarro a corvazos. Es más ágil de que se ve; ni lo puedo tocar. Con uñas negras me da en los brazos, queriendo morderme el cuello, puro vampiro. Usando mi pierna para empujarlo, tiro el Mico al lodo, y se lanza del suelo, cayéndome encima. Me inmoviliza entre cuatro patas, quedándose con boca abierta, mostrando colmillos amarillos y aliento que hiede a la muerte.
Siento algo tibio en mi mano. Sangre negra chorrea del monstruo, y lucha para pararse. Tropieza más adentro de la selva, aún que me da la espalda, una cara me mira, desde la cola del Mico. Medio lo conozco, pero las hojas lo esconden antes de que lo puedo reconocer.
Me quedo en el lodo, respirando hondo. A mi par, veo una tomba de madera vieja, tallada con nomás un nombre: Leo Cruz.