@anthonyscribbles

Mi hermano vive con su esposa en Los Ángeles. La mía falleció el Diciembre pasado; ya no me gusta tanto la Navidad. Nuestra casa era humilde, pero mantenido bien, y se vendió por un precio bueno.
Luis y Jean viven en un departamento. Me han invitado para los días festivos.
El avión aterrizó a las 1:52 am, y en todo que me tarde llamando a un Lyft, el cielo se ha cambiado desde el color de Su vestido funeraria al morado sutil de Su esmalte de uñas favorita.
Luces parpadean dentro su ventana—las ünicas prendidas en todo el edificio. Estoy hipnotizado por el ritmo silencioso. Mientras el aire frío arde mi nariz, solo pudeo mirar que calientito se ve adentro, hasta que Su mano en mi cadera me empuja. Toco el timbre.
Jean me abre la puerta con el interfono. Me espera en su puerta. Nos besamos en la cachete, y me pregunta sobre la sangre bajo mi nariz. Debe ser por el frío.
Esperamos a Luis con una tasa de Ibarra y una concha. Jean est´å trabajando en un guión nuevo, pero se ha trabado en una escena, y de todos modos, nadie está buscando guiones en estos días. No escucho bien los detalles de su historia, y mis ojos deambulan por la dala de su hogar. Hay colores por todos lados, pero un brillo amarillo permea todo el departamento. ¿De donde demonios viene? Su árbol es un pino vivo, vestido en chimbombas y adornos que recuerdo de nuestra infancia.
Ibarra era nuestro chocolate favorito, pero el olor trae una mordaza a mi garganta. Mis ojos han querido evitar mi taza, pero no queda nada más que mirar. Remolinos de humo se levantan de la nata. Su mano guía mi muñeca. Levantamos la taza hacía mis labios; sabe más dulce de que me acuerdo. Una llave suena en la puerta, y entra Luis. Después de un abrazo de 24 segundos, comenta que ni he tocado mi concha; que raro de mi. Me trabo al hablar. Luis me quiete con una palmada en el hombro. Me pregunto si quieo "ir a mimir."
En la oscuridad de la sala, el silencio golpea en mis oídos. Por algún lado, un reloj hace tic-tac tic-tac, apenas audible. Cierro los ojos. Luis solía decirme que me enfocara en algo cuando de niño tuve terrores nocturnos, pero el reloj me está inquietando. Enfócate. Gozo el sereno en mi piel. Lo siento cayendo sobre mis brazos, remojo mis pies en él, y lo dejo entrar en mis pulmones, hasta que Su mano cálida acaricia mi rostro. El año pasado me ha enseñado que no debo abrir los ojos, ni extenderla la mano.
En la mañana, le toca a Luis lava mi funda. Él supone que la clima es muy seca para mi nariz, así que saca un humidificador del armario. Hoy es Sábado, y el plan es irnos de compras.
Se supone que arratrando mis pies por el centro comercial es bueno para mi, pero hace rate que no salgo. Aún, busco algo que le gustaría a Jean o a Luis. A pesar de todo, buscando por interminables percheros de ropa fea que jamás se pondrán ninguno de los dos es completamente agotadora. Cuando al fin vamos saliendo, ambos cargan dos bolsas de compras, mientras mis manos siguen vacías. ¿Qué hice mal? Sus dedos se enredan con los míos, y me alejan de la desesperación.
Domingo es para la casa, Jean me cuenta, entonces vemos los especiales Navideños de Esnupi y otros dibujitos. Me río cuando Esnupi le da a Luci en la nariz con su campanita, y esto hace que Luis también se ríe, y luego JEan, hasta que los tres estamos cayendo uno encima del otro en una gran bola de carcajadas. Mi chocolate casi cae a la alfombra, pero se que aún si había ocurrido, no pasará nada. Luis me rodea con su brazo. Dejo que mi cabeza se apoya en su hombro. De su otro lado, Jean me aprieta la mano.
El sueño me llega fácil con barriga llena, y me despierto con el ruido suave de un desayuno a la carrera y un besito de adiós en la puerta. Jean se da cuenta de que estoy despierto, y me ofrezca algo de comer. En la sorpresa más grande del temporada, le digo que me lo voy a prepara yo mismo, si me presta su cocina. Me dice que sí. Con un esfuerzo considerable, me sirvo unos huevos desastrosos—con queso. Jean y yo pasamos el día en compañía callada; el ruido del teclado de su computadora me agrade en que busco algo que ver en la tele.
Después del desayuno, me había dejado un lápiz y un cuaderno en la mesita del centro. No tenemos cuadernos para dibujar, me explica, pero espera que me puedo arreglar con lo que hay—si es que quiero. El lápiz sigue intacto hacta que Luis llega a casa, y un sentimiento de pena pellizca el talón de mi pie cuando me paro para darle la bienvenida. Apunta el cuaderno y jadea que si he dibujado hoy. Ahora, la pena esta mordiendo mi pierna. Niego con la cabeza. Le pregunto si quiere salir a caminar.
En un parque que queda en la esquina, Luis me pregunta cómo he estado. Mami y Papi me extrañaron en el Día del Pavo, y todos se preocuparon porque ni siquiera en mi cumpleaños contesté el teléfono. Mi hermano deja de caminar, y su voz se pone grave. Me pregunta que he estado haciendo. Solo le respondo con una mirada vacía, y revivo los meces pasados en ese momento. Cada noche sin dormir, cada cena silenciosa, cada pasatiempo que se desinfló como una vela que se quemó por mucho tiempo, cada parte de Ella que se tenia que clasificar en "Guardar" o "Tirar." Recuerdo cada momento de Su funeral: veo el imagen de Su vestido de morado oscuro, el velo sobre Su cara porque no pude soportar el pensamiento de verla Su cara, sin vida. Veo Su anillo matrimonial y la forma de Su cuerpo en un ataúd de gris austero, con paredes blancas y mullidas para la comodidad de Su cadáver. Siento el viento que me golpeó mientras Ella se hundió en la tierra, y siento el olor del lodo que tiré en el hollo para comenzar el enterremiento.
La he estado extañando, le digo.
Lágrimas ardientes queman mis cachetes, y Luis me abraze fuerte. Él sabe, él sabe que duele, o a lo menos me dice que sabe. Inento creerlo, pero no puedo dejar de llorar hasta que siento a Ella revolviéndome el cabello.
En la cena, solo dos cubiertos hacen ecos en el departamento. Jean envuelve mi plato intacta con papel de estaño y lo deja en el réfri. Lo puedes comer mañana, me dice. No se menciona una película, ni ningún otro actividad antes de acostarnos. Solo una ambiente pesada mientras nos damos la buenas noches.
Regresó el reloj, esta noche más fuerte. Me esfuerzo para gozar el sereno, pero siento como que me estoy quemando. Más y más detalles de la noche empiezan a inquietarme, hasta que oigo Sus pasos entrar del pasillo. Cierro los ojos, y escucho a los tablones del suelo chirriando cerca a mi oído, Por mis pies, Su peso descansa en la sofá. Todo del mundo se volvió correcto. Casi. Solo falta Su mano en mía, pero no me quiere acariciar. El tiempo pasa, y me preocupo. Extiendo la mano hacía Ella. Nada. Lentamente, empiezo a abrir los ojos. En ese momento, todo cambia: Su peso no está, Su calor no está, Su consuelo se ha esfumado.
Mirando por todos lados, no puedo ver mucho, pero un susurro encuentra mi oído. Está diciendo mi nombre. Sigo al sonido, y me levanto. Vení conmigo, Ella dice. Doy un paso hacía Su voz. El camino se me hace larga, pero no me doy cuenta hasta pegar el dedo de mi pie en una caja extraña. Esforzando mis ojos, miro mientras la caja adopta la forma de un ataúd larga y gris, sellado y decorado con lirios blancos. En mi espalda, siento Sus manos, y tras mi oído, puedo escuchar Su voz. Métete, dice. La caja cierne a mis pies, mi corazón se acelera en que lo miro, y extiendo la mano para tocar la tapa. Métete, repite. Abro el ataúd y me siento en el borde. Métete. Doy la vuelta para mirarla, pero solo veo el departamento de mi hermano. Intento sacar mi pierna, pero el ataúd me quiere. Con todo mi voluntad, lucho para levantarme, para resistir la llamada de los lirios y las almohadas y la voz que exige que me meto. El piso retumba, los paredes tiemblan, y el voz se pone más y más fuerte, y empiezo a entender que nunca fue Ella, que Ella nunca me acompañaba después de que tiré el lodo en ese hollo, y que cada vez que pensé que La había visto o que La había escuchado o que había sentido Su mano era una ilusión, y pego un grito porque duele, y en algún lugar lejano, la alarma del reloj se prende, pero tengo que gritar más fuerte que ella porque si no lo hago, tengo seguro que la ataúd me va llevar.
Luis agarre mis hombros y me tira al suelo. Jean nos salta y cierra la ventana. Afuera, todo sigue oscuro; pronto, el cielo morado se va volver rojo. La ataúd ya no está. Tampoco Su voz. Los únicos brazo que me acunan ya son los de Luis, y me dejo derretir en su abrazo. Me seca las lágrimas y me dice que él sabe. Esta vez, lo creo.