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29 de enero, 2026

Publicado originalmente en el Zine Heaven is a Moshpit de Pluto's.

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Hay un hombre bajo mi ventana quien lleva la cara de mi padre. La primera noche que lo vi, no pude creer mis ojos. Me miró desde el otro lado de la calle, sus labios retorcidos por una sonrisa rara. Nuestras miradas se mantuvieron la una a la otra en que un coche pasó, los faros iluminando el uniforme verde del hombre. Me hui.
 

Corrí hasta el primer piso, donde encontré a mi madre chupando una botella de vino en la oscuridad. De la cocina vino el olor de pupusas, quemando en la estufa. Un toque en la puerta.
 

«No la contestas,» dije, pero supongo que ella solo pudo escuchar la voz de mi papá llamando, «¿Amor? Ya llegué.»
 

Mi madre tropezó a través de la bruma de humo y pena. Mi mano sobre la de ella en la perilla, y me miró con ojos vacíos.
 

«Tu papá ya llegó, mijo.»
 

«No Mamá. No está.»
 

Tuve que tomar sus manos en las mías, o ella hubiera intentado quitar el cerrojo después de escuchar su voz de nuevo.
 

«¿Amor? ¿Me abres la puerta? No me regresaron mi llave cuando me dejaron ir,» dijo él.
 

Por un momento, me complací con la mentira. Se sentía bien creer que mi papá estaba libre; que de veras lo soltarán. Mi madre quiso alejarse, pero la abracé fuerte.
 

«No lo podemos dejar afuera,» gimió. «¿Qué si vuelven por él? ¿Qué si están allá afuera?»
 

«Mamá,» la agarré de los hombros, «sí están afuera. Solo que han vuelto por nosotros, no por él.»
 

Ella entró en pánico. «Si están, ¡lo tenemos que dejar entrar! ¡No se puede quedar afuera!»
 

Una sombra se asomó a la ventana al lado de la puerta. Tocó en el vidrio, su silueta proyectada sobre la cortina era una marioneta perfecta de mi padre. La sombra creció al apoyarse en el vidrio y trató de ver para adentro.
 

Me caí al piso, y traje mi madre conmigo. Un dedo apretado a mis labios exigió silencio. Me miró, pero no me dijo nada.
 

«Te veo, cariño,» dijo él, y nos acurrucamos contra la pared. Aún con la luz del día, no era posible.
 

«Aquí estoy,» mi madre empezó a gritar, pero mi mano calló sus palabras. Un momento muy tarde. La sombra se animó, y se quitó de la ventana. En menos de un minuto, la puerta trasera tembló en su marco.
 

«¿Quién es?» mi madre preguntó débilmente.
 

«Nadie,» susurré, lanzando mi vista hacia el otro lado de la sala, y preguntándome cómo había saltado el alambre de púas y entrado a nuestro patio.
 

Pero entonces, la puerta principál tembló también. Su voz vino de detrás de ambas puertas, y de la cocina, volutas de humo se vertieron al cuarto. Las súplicas de mi padre, cada vez más desesperadas, se detuvieron por nomás un segundo cuando el detector de humo se despertó gritando. Dejé a mi madre murmurando en el piso y entré a la cocina, tiré una pupusa llameante al fregadero, y abrí el grifo. En que vapor silbaba hacia el techo, regresé corriendo a la sala, donde un monstruo con cabeza de cerdo tenía los cabellos de mi madre en un puño, una cruz de fuego y la cara de mi padre en el otro. Se paró en la entrada con ella a sus pies, y azuzó sus hermanos a mi al apuntar con su cruz ardiente.
 

En el fregadero de la cocina, las cenizas de la pupusa se fueron por el desagüe, pero la que permanecía en la estufa se quemó sin carbonizarse.

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