@anthonyscribbles

“Me regalas una…” la voz de Elijah Rosales se va desvaneciendo mientras que él queda viendo al menú detrás del cajero. Nada cuesta menos de $5, y nomás le sobra un billete arrugado, con cambio.
La cajera no le sonríe cuando entrega el cambio a Elijah, pero de todos modos, él pone más atención en contar las monedas. Dos coras, un daim—BIP—un daim, y dos—BIP—y dos pen—BIP.
“¡Apaguen esa mierda!” Todos en el McDonald’s guardan silencio, y cada par de ojos miran a Elijah. Murmura algo, y tropieza fuera del centro de atención.
Cuando le trae su azafate, la chica ni puede dar una mirada a Elijah, y rápido se regresa a la cocina. Salivando por el olor, Elijah se harta su comida y goza las burbujas de su soda. Con cada trago, el nudo en su garganta se afloja, hasta que su muñeca se retuerce, y la mitad de la bebida termina en su pecho. “¡Joder!” Elijah lanza su baso a la ventana y sale furioso a la calle.
Un bus anaranjado con un rotulo que dice “2-USC STN” para en la esquina, y Elijah se tapa sus oídos cuando los frenos chillan. Se sube al bus, ignorando reojos y narices tapadas en que busca un asiento. Los párpados de Elijah se sienten pesados, y deja que se cierren poco a poco mientras su cabeza se recuesta contra el vidrio.
El chofer maneja por menos de un minuto antes de TSSSSS. Los ojos de Elijah se abren, y cierra sus oídos con sus manos, estremeciéndose por el ruido. Un nuevo tumulto de gente sube al bus, y el desmadre le empieza a dar miedo. Por suerte, nadie se sienta a la par de Elijah a ningún lado, y el bus empieza a mover de nuevo.
TSSSSS. Elijah grita, y gente se apuran para salir del bus. Nadie se sube. TSSSSS. Elijah gime, tratando de no gritar otra vez por el ruido. TSSSSS, y ahora Elijah no lo soporta. Jala su pelo y grita para ahogar el motor y los frenos y los carros. El chofer lo baja del bus.
Siguiendo a pie, ve a dos sombras agachadas cerquitas bajo una autopista y—olvidando por que ha tomado el bus—camina hacia ellos.
“¿Que tienen?”
Le miran con ojos bien abiertos. “¿Qué te importa? Lárgate.”
Elijah mira sobre el hombro de uno, y ve que tiene una aguja en su mano. El corazón de Elijah se para por un momento. “¿Cuánto?”
“¿Tienes pisto?”
“Sesenta-y-dos centavos.”
Los dos le dan la espalda sin decir otra palabra.
Encachimbado, Elijah camina más adentro del túnel, dando patadas a piedras y susurrando malas palabras. Mete las manos en las bolsas de su pantalón, buscando algo para tirar, y el tintineo de sus monedas cayendo al concreto hace eco en lo oscuro. Las dos sombras escuchan el sonido, y miran a Elijah, buscando el dinero. Uno de ellos se para, y Elijah sale corriendo sin pensarlo.
La luz del sol lo deja ciego, y cuando voltea a ver para atrás, el túnel se ve completamente negro. No puede ver a las sombras, entonces quien sabe que tan cerca pueden estar, y él necesita esos sesenta-y-dos centavos. Un pito le roba la atención, y Elijah jala su pelo porque de repente, está rodeado del chirrido de llantas, seguido por el sonido de algo quebrando y el chillido de metal torcido. Corre lejos de los sonidos, los cuales le perforan la cabeza como una bala al cerebro, y huye bajo las gradas de la Estación MacArthur.
En el subterráneo oscuro, Elijah tropieza hacía un teléfono público, y bota sus coras en la ranura. Cuidando de que sus dedos temblorosos no se equivocan del botón, dice cada número en voz alta.
“Ocho…uno…ocho…tres…” una pausa. “Seis. Zero. Cuatro…” Otra pausa. ¿Cuáles eran los últimos tres números? Cierra los ojos para pensar, pero lo único que puede recordar es el sabor de su soda.
Una voz familiar, suave y cariñosa, habla en su mente. “Uno-dos-dos,” ella le dice.
El teléfono suena. Suena otra vez.
“¿Halo?” dice la misma voz, pesada y rápido.
“Hola Ma.”
“Te dije que nunca volvieras a llamar aquí hasta que dejes eso.”
Elijah espera antes de darse cuenta de que es todo lo que ella va a decir. “Lo sé, Ma.”
“¿Entonces? ¿Lo dejaste?”
“Pues—es que—hace—”
“Sigues usando, ¿verdad?”
“No Ma, se lo juro. E-es que, he es—estado tratando de—“
“¿Entonces porque no puedes dejar de temblar?” Elijah no sabe que decir. “Nosotros tratamos con vos, mijo. De veras, tratamos.” Un poquito de ternura llega a su voz. “Pero no quisiste nuestra ayuda, ¿entonces que nos quedó? Probamos todo, mi niño, pero nunca nos dejaste entrar.”
Otro silencio. “Por favor, Ma. ¿Puedo regresar a casa?”
Ella no le contesta, y las piernas de Elijah tiemblan por el pensamiento que la llamada se cortó. “No, Elijah.”
“¿Por qué no?” su voz se quiebra.
“Tu hermano no va a compartir un cuarto con un adicto; tu papá nunca permitiera eso. ¿Y cómo voy a vivir, viéndote a vos, mi bebe, sufrir cada día, sabiendo que cada vez que salgas de la casa, vas a regresar con una nueva cicatriz a la par de ese tatuaje estúpido?!”
“Por favor, Mamá, no hay cicatrices nuevas, se lo juro, ¡se lo juro! No he tenido en semanas, ¡se lo prometo! Quiero buscar ayuda, Mami, ¡lo juro! Quiero volver a casa, Mami, ¡por favor! Tengo tanto miedo aquí, siempre voy con hambre, y, y, y odio dormir en una carpa, y a usted le extraño tantísimo, ¡y solo quiero volver a mi casa!”
La mamá de Elijah no contesta. Él espera y espera, pero ella no dice nada—ni un suspiro.
“Por favor entrega cincuenta centavos para seguir con su llamada.”
Sus llantas agonizadas silencian a los trenes abajo, paran a los que van caminando, y hace eco sobre las paredes mosaicas de la estación. Elijah pega el teléfono en la pared, y brinca para arriba y para abajo en un pánico, hasta que se tira al suelo en un lloroso desastre de ropa rota y pelo chuco.
Pasos se acercan, pero a Elijah no le importa si le tiran a la calle.
“Disculpe, ¿señor? Necesitas unas coras para el teléfono?”